Otra belleza en extinción: la oscuridad

Estamos tan rodeados de luz artificial que ya no sabemos lo que es la verdadera oscuridad.

Hace unos años nació el concepto de contaminación lumínica, que se refiere a los excesos de luz artificial en entornos urbanos, y las repercusiones negativas que esto puede acarrear. Entre estos podríamos mencionar la alteración de los ritmos naturales dentro de las ciudades, algo que afecta, por ejemplo, al desarrollo de las plantas o el violentar los ritmos circadianos dentro del reloj biológico de las personas, lo cual a su vez conlleva problemas en nuestra salud.

Una interesante teoría que ve a la oscuridad como un recurso natural en extinción la postula el escritor estadounidense Paul Bogard, en su libro The End of Night: Searching for Natural Darkness in an Age of Artificial Light (El Fin de la Noche: Buscando la oscuridad natural en la Era de la Luz Artificial).

Bogard cree que es necesario recuperar la oscuridad antes de que la contaminación lumínica termine con ella por completo. También dice que la sociedad está tan “iluminada” que ha perdido la conciencia de lo que es oscuridad y cuando cree estar a completamente a oscuras en realidad no lo está.

Más allá del debate en torno a la seguridad que provee la iluminación artificial, lo que hace de esta práctica un agente de desequilibrio, es el exceso. En realidad recurrimos a la luz artificial, tanto públicamente como en privado, mucho más de lo necesario –de hecho hemos generado una especie de dependencia psicocultural a la luz eléctrica. Lo cual no solo amenaza las bondades de la oscuridad como una fuerza equilibrante, también tiene un impacto negativo contra la sustentabilidad –se calcula que tan solo en Estados Unidos la sobre-iluminación implica un gasto de 2 millones de barriles de petróleo al día.

“Un poco de iluminación es de gran ayuda, en términos de seguridad y protección. Pero no estamos seguros simplemente por las luces. Estamos a salvo y seguros cuando estamos conscientes de nuestro entorno. La mayoría de nuestras luces de seguridad son una gran pérdida de dinero y energía.”

Para muchos, la opinión de Bogard puede ser muy tajante, pero la contaminación lumínica es un hecho que no podemos negar, ya que el exceso de luz artificial, además de ser un derroche de recursos naturales como el agua, también nos impide disfrutar de una de las actividades más seductoras que tenemos a nuestro alcance: contemplar los cielos nocturnos.

¿Cuántas veces te has privado de una lluvia de estrellas por estar sumergido en los millones de bombillas encendidas en la ciudad?

 

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