Y tú, ¿dónde tienes tus límites?

Soy asesor: ayudo a transformar sueños en resultados. Estoy casado y tengo una hija de tres años. ¿Política? ¡Basta de ideas discapacitantes! Soy creyente. Eres un discapacitado si te resistes a sortear barreras

Si piensas que no serás capaz de alcanzar tus retos, te equivocas. Ejemplos como el de John Foppe, el hombre que nació sin brazos y que hoy es el gurú de la superación, nos demuestran que ‘fracasar es no intentar demoler barreras’. Repítete: merece la pena intentarlo.

John Foppe nació sin brazos hace 42 años en Misisipi. Su historia bien podría ser calificada de dramática. Gracias a su afán de superación es la historia de un hombre triunfador, optimista y vital. A los cinco años fue consciente de que era diferente: dependía para todo de sus padres y hermanos. Sin embargo, un buen día el pequeño John quiso dar un paso al frente: ir a un campamento con el resto de sus compañeros. ¿Cómo iba a sobrevivir?

Lágrimas, angustia, impotencia… Por fin logró derrumbar sus propias barreras y convertirse en el hombre que es hoy. En la actualidad, sus seguidores en Facebook y Twitter se cuentan por cientos, y su libro What’s your excuse? ha sido traducido a más de seis idiomas. También es director ejecutivo de Community Link, una organización que ayuda a niños discapacitados, y sus conferencias en EE UU son referencia para los directivos. Además, está casado con una mujer bellísima y es padre de una niña de cinco años. Gracias a la entidad Gaes Solidaria ha venido de visita a España y nos hemos citado con él. Confirmado: Foppe hace posible casi lo imposible y convierte en normal la excepción. A los diez minutos de la charla, ya me he olvidado de su discapacidad y pienso en la de barreras que podríamos derribar si todos tuviéramos su fortaleza interior.

Estoy sorprendida y emocionada con tu vida. Me gustaría que me hicieras un relato de como ha sido. Tú naciste sin brazos. ¿En qué momento fuiste consciente de que eras distinto a los demás?

No fui consciente hasta que fui a la escuela. Mis tres hermanos mayores y mis padres me daban mucho apoyo. Los primeros años intentaron hacer todo lo posible por facilitarme las cosas. Me pusieron brazos artificiales… todo tipo de cosas que te puedas imaginar. Pero yo me resistía a utilizar los brazos ortopédicos. Lo probaron todo. Ellos querían que, cuando yo fuera adulto, supiera que lo habían intentado todo.

¿Cómo aprendiste a escribir?
Aprendí a hacerlo todo con los pies, tal y como tú aprendes a hacerlo con las manos. La naturaleza humana es la que te enseña. Es como los ciegos que se adaptan a la situación: ellos tienen un sentido más agudizado del oído. Conmigo pasó lo mismo: al nacer sin brazos, tuve que aprender a usar otras partes del cuerpo. Pero llegó un momento en el que decidiste cambiar.

¿Qué te hizo replanteártelo todo?
Fue el momento clave en mi vida. Yo quería ir a un campamento del colegio, pero no sabía vestirme solo. Mi madre sacó fuerzas y me dijo que, si no quería aceptar los brazos ortopédicos, tendría que aprender a hacer las cosas solo. Es lo que yo llamo “amor duro”.

Imagino que fue muy duro.
Y con muchas lágrimas. Mis padres me colocaron en una situación definitiva: me quitaron todas las defensas, me cansé de luchar, fue como estar harto de estar harto. Me di cuenta de que mi vida así no funcionaba, y tenía que cambiar.

¿Cómo pasaste de víctima a vencedor?
Para empezar hay que asumir que nosotros somos responsables de nuestras decisiones. A mí me dieron una opción y toda opción tiene consecuencias. Mi consejo es: valórate a ti mismo siempre y lucha por tus sueños, porque vale la pena. Es como cuando quieres comprarte algo: la moneda con la que pagas es el precio que tienes sobre ti mismo. Finalmente fui al campamento y allí aprendí otra lección: cuidado con lo que pides, por si se te concede.  El campamento fue un desastre.

Cuando llegaste a la adolescencia, ¿cómo eran las relaciones con tu compañeros?
Esa época implicaba nuevos retos, sobre todo citas. El problema es que tenía muchas amigas, pero eran solo eso, amiguitas. Me di cuenta  de que tener citas con novias iba a ser difícil. Sin embargo, fui consciente de que, aunque no podía participar en deportes, sí podía hacerlo en el teatro de la escuela. Comencé a dar conferencias y eso me dio confianza. Encajaba mucho más. Hay que averiguar qué es lo que te funciona en la vida.
Y de repente conociste a la que hoy es tu mujer.

¿Cómo fue la primera cita con ella?
Supe pronto que Christine era muy especial. En una de nuestras primeras citas oficiales me di cuenta de que ella se sentía cómoda.

¿En algún momento te habías visualizado casado y con una hija?
No. De hecho, en muchos momentos de mi vida pensé lo contrario: que nunca podría tener una familia como los demás.

Cuando decidiste convertirte en padre, ¿sentiste miedo?
Más que miedo sentí mucha ansiedad. No me preocupaba que ella pudiera tener cualquier tipo de disfunción, porque esto es congénito, no genético. Pero me preocupaba más el hecho de poder tenerla en brazos, de ayudar a Christine en el cuidado de la niña. Cuando me dijeron que iba a ser una niña me sentí aliviado.

¿Por qué?
Porque los niños quieren jugar al fútbol, al béisbol… Esa presión desapareció, porque las niñas, por lo general, juegan a otras cosas.

¿Cómo es vuestro día a día con la niña?
Mi niña es maravillosa. Sabe que soy distinto, pero no me ve distinto. Ella va a la escuela y sus amiguitos le preguntan: ¿por qué no tiene brazos tu papá? Ella les responde que porque Dios me hizo así. Ella me ayuda mucho. Hoy, en el avión, se aseguraba de que el cinturón estuviera bien abrochado. Tiene parte de mi personalidad: es cabezona y testarurada.

Tanto en lo personal como en lo profesional has triunfado. De hecho, te consideran el gurú de la superación.
No me gusta que me digan “gurú de la superación”, porque lo mío es un proceso continuado que no acaba: siempre hay algo que tienes que derribar o superar. Yo empecé a dar charlas cuando estaba en bachillerato y decidí estudiar Comunicación. También he escrito mi libro What’s your excuse? y quiero centrarme en escribir otro. Esta vez será dedicado a mi hija.

Las barreras más difíciles de superar…
Las mentales, nuestras limitaciones son las barreras mentales que nos impiden participar plenamente de la vida. Fracasar consiste en no intentar demoler barreras. Así que en vez de repetirte “¡no merece la pena intentarlo!”, repite siempre “¡merece la pena intentarlo!”. Crea una realidad nueva. Tú puedes elegir tu manera de ver el mundo. Y recuerda que las barreras son para sortearlas, no para chocar contra ellas.

En tus conferencias siempre se repite una frase: “Todos somos discapacitados anímicos”.
Es que realmente lo somos. Decimos “no puedo hacerlo”, “es imposible”… Entonces, te convences de que tienes razón y te acomodas a esa idea. Obviamente, si tú no haces nada para cambiar, nada cambia. Lo principal es valorarnos a nosotros mismos, y luchar por nuestros sueños, porque la lucha vale la pena. Lo importante es dejar de ser espectador y pasar a ser protagonista.

@ Raquel Vega – 06/02/2013 (revista AR)

 

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